A esta altura de
la vida creía que ya no iba a volver a enamorarse.
O, más precisamente, que no iba a enamorarse así,
con tanta intensidad. Pero el destino quiso que, a los 42
años, la vida de Esther Goris se cruzara con la del
gobernador de San Luis, Alberto Rodriguez Saá (56).
Y lo que hasta ese momento parecía un sueño
que comenzaba a desdibujarse, se hizo realidad y se instaló
en la vida de la actriz con la contundencia de las montañas
puntanas que hoy completan el escenario de su nueva vida.
Porque hoy ella no sólo está enamorada “como
nunca antes lo había estado” . También
se mudó a vivir a “Los Peñitos”,
la casa de campo del gobernador de San Luis, para comenzar
una nueva vida en la que, entre otras cosas, logró
que Rodríguez Saá hiciera lo que hasta ahora
nunca había hecho: mostrar el lugar en el que vive.
El mismo que supo proteger tras un velo de misterio durante
años y que ahora, por primera vez, se atreve a mostrar.
De la mano de Esther, claro. “Y mientras todo esto sucede,
en una aldea de España, mi madre reza. Es increíble,
pero reza para que lo que hoy estoy viviendo dure para siempre”,
cuenta la actriz.
—¿Y usted cree que durará?
—Bueno, uno nunca sabe. Pero lo cierto es que
nunca me había sentido así. A pesar de todos
los prejuicios con los que llegué a este lugar y a
Alberto.
—¿Cuáles eran esos prejuicios?
—Pensá que soy una persona con una ideología
de izquierda. Y a Buenos Aires las noticias llegan un poco
distorsionadas.
Entonces Esther relata los comienzos de su historia de amor
y de sus prejuicios frente a una relación que se volvió
irresistible en poco tiempo. Recuerda que en más de
una oportunidad había recibido propuestas para participar
de alguna actividad cultural en San Luis pero que sistemáticamente
las había rechazado. “Para el gobierno de San
Luis, no”, decía con la misma firmeza con la
que se negaba a presentar en esa provincia sus proyectos de
llevar al cine “Ni dios ni patrón ni marido”
y “Agata Galiffi”, a pesar de que tanta gente
se lo sugería. “Veía al gobierno de San
Luis bajo sospecha como la mayor parte de la gente. Aunque
mi único fundamento para eso era que asociaba al gobierno
puntano con el menemismo, una idelogía con la que jamás
comulgué. Y me parecía una locura llevar ahí
proyectos de películas que defienden el anarquismo.
Pensé que no me lo iban a aceptar”. Pero ante
la insistencia de sus amigos y colegas, un día pidió
una entrevista con Rodriguez Saá para ver de qué
se trataba eso de la Ley del Cine. “Y ahí me
sorpendí al encontrarme con un gobernador que me habla
de Neorealimo italiano, de la Nouvele Vaguel. Sabía
de cine, conocía mis proyectos y le interesaron los
dos”. Después un productor amigo le pidió
que lo acompañara a una comida con el gobernador. Como
ese productor la había ayudado tanto en conseguir la
entrevista en Casa de Gobierno, Esther aceptó con la
idea de quedarse apenas una hora. “Más no voy
a soportar”, dijo parada en una larga lista de preconceptos
que la llevaban a imaginar ese encuentro como “una charla
habitual con los políticos habituales. Pero una vez
ahí descubrí que Alberto no sólo era
un gobernador sino también un artista. Vi cómo
vivía, conocí su criterio estético, la
casa que hizo con materiales desechables. Esa noche también
descubrí que Alberto es músico, que es escritor.
Y quedé con la boca abierta cuando me recitó
a Shakespeare. Me dejó avergonzada. Ese día
también habló de Engels, de Pirandello. Y yo
quedé fascinada. Sin embargo, no todo terminó
ahí. Porque después de la fascinación
empecé a tener severos problemas, incluso de salud.
Porque empecé a sufrir un encontronazo entre lo que
yo sentía y esos prejuicios que tenía”.
Además, esa noche, Esther Goris descubrió una
serie de coincidencias entre Rodriguez Saá y la figura
de su padre. “No lo vas a creer pero los dos hacen uvas
en almibar y aguardiente, conservas de frutas y licores caseros.
Los dos tienen pasión por la chatarra, con la diferencia
que Alberto la usa para hacer esculturas. Si algo me faltaba
para completar el cuadro era la posibilidad de hacer una interpretación
edípica de la relación”.
Los encuentros se sucedieron. “Pensé
que lo mejor era no negarme a lo que me pasaba. Es más,
creí que ver a Alberto era la mejor manera de desilusionarme
y que todo se me pasara. Algo tenía que encontrar que
no estuviera bien. Pero fue todo lo contrario: me iba enamorando
cada vez más. Al mismo tiempo, lloraba”.
—¿Por qué?
—Porque me sentía involucrada emocionalmente
como nunca antes. Y yo siempre había sido tan limpia
ideológicamente. Sentía que estaba exponiendo
mi imagen, mi trayectoria. Me enamoraba de alguien que estaba
bajo sospecha en las noticias de Buenos Aires. Entonces, me
puse a averiguar.
—¿Qué averiguó?
—Revisé algunos videos de las sesiones
del senado en las que Alberto participaba. Y me encontré
con un hombre con actitudes e ideas políticas muy distintas
a las que yo imaginaba. Y empecé a aliviarme. Además,
venía a San Luis y veía 10 millones de árboles
plantados que convierten a esta provincia en la única
del país berneficiada por el protocolo de Kyoto, que
entrega dinero a quienes favorecen que se solucione la capa
de ozono a través de la forestación. Me encontré
con un plan oficial de inclusión laboral que capacita
a la gente y que hizo que esta provincia pasara a tener el
índice más bajo de desocupación de la
Argentina. Con la figura del Dr. Carlos Pellegrini, que preside
el hospital psiquiatrico y que recibió un premio similar
a un premio nobel. Y, finalmente, cuando conocí a Tona,
la brillante mujer con la que Alberto estuvo casado quince
años, me terminé de convencer: es que esa elección
también hablaba de él.
—¿Le presentó a su ex mujer?
—Sí. Y a sus hijos: María Luz,
Alberto y Carlos Juan. Esa situación me puso muy nerviosa,
¿sabés?. Nunca había vivido esa experiencia.
Sólo había tenido una convivencia de siete años
con alguien mucho más joven que yo. Pero esos chicos
me recibieron con toda la calidez posible. La verdad es que
podría decirte que nunca en mi vida fui tan feliz.
Alberto es el amor de mi vida. Por eso tomé la decisión
de dejar Buenos Aires. Hace menos de un mes que estoy viviendo
acá con él.
—¿De quién fue la idea de convivir?
—De él. Cada paso que se dio en esta
relación fue promovida por él. Y eso me gusta.
Yo no estaba habituada a que alguien me hiciera una declaración
amorosa, a que me dijeran que querían conocer a mis
padres para pedirles mi mano. Eso terminó de completar
el cuadro del amor. Y yo que pensaba que no iba a volver a
enamorarme.
—¿Lo necesitaba?
—Ahora me doy cuenta de que a pesar de que
hacía un montón de cosas, aunque pudiera irme
bárbaro en mi profesión, yo no era feliz. Me
faltaba el amor. Igual ahora sé que no va a ser fácil.
En algún momento se va a terminar la vida rosa del
amor. Porque a mí nunca nadie me cuestionó mi
ética y ahora sé que me van a llover palos de
todos lados.
—Además se va a decir que está
con Rodriguez Saá para realizar sus proyectos de cine...
—...Y ya te expliqué que mis proyectos
fueron aceptados antes de que nos enamoráramos.
—Algunos van a pensar que está con él
porque le ofrece una vida cómoda...
—...¿Cuántos hombres con dinero
hay en la Argentina y cuántos rodean a las actrices?
—¿Piensa dejar de trabajar para dedicarse
a disfrutar del amor?
—En este momento no estoy dispuesta a comprometerme
con ningún proyecto que me aleje de Alberto por demasiado
tiempo. Quiero disfrutar esta etapa. Yo siempre puse mucha
líbido en el trabajo y había desatendido lo
afectivo. Ahora privilegio el corazón. No es que deje
de ser actriz pero no quiero estar lejos de Alberto.
—Hace unos meses, Rodriguez Saá estuvo
de novio con Leonor Benedetto, quien también llegó
a San Luis para realizar su propia película. ¿No
pensó que usted podía ser una más?
¿Qué el gobernador de San Luis era un desuctor
empedernido dispuesto a vivir affairs con las bellas actrices
que pasaban por su provincia?
—Es que acá han venido tantas actrices. Sé
que Alberto es un seductor. Es guapo, es culto, es un artista.
De eso no cabe duda. Pero que yo sepa esto no es algo que
haya sucedido antes en la vida de Alberto. Hace quince años
que se separó de Tona y nunca convivió así
con nadie. Jamás mostró esta casa y bastó
que yo quisiera hacerlo para que lo permitiera. Además,
hay actitudes suyas que me resultan irresistibles.
—¿Cuáles?
—El es el hombre que, siendo gobernador, cuando
llegamos a casa muy tarde después de participar de
algún acto oficial, me prepara la comida para que yo
coma y no esté tan flaca. Ayer hizo arroz con una salsa
de tomate que él prepara, sirvió unos fiambres
caseros y ensalada de ave. Alberto es el hombre que se preocupa
si yo no tengo ropa y se pone a diseñarme pantalones
con sus propias manos. El que me ofrece construir otra casa
más acorde a mi deseo de tener vista a las montañas.
Siempre pensé que cada mujer tenía una pareja
que le estaba destinada. Y él es para mí. Sé
que igual me puede ir mal. Tal vez no tenga la fuerza para
soportar todos los embates que se me van a venir. Y bueno,
me encerraré acá y listo. No es fácil
estar al lado de un gobernador en un país como la Argentina.
—Hace años usted encarnó la figura
de Evita. ¿Hoy cree que aquello fue un presagio?
—¿Presagio? ¡Pero si no hay nadie
que pueda ser Evita! ¿Cómo voy a creerme capaz
de algo así? Tampoco me considero una primera dama.
Si ni siquiera me siento una dama, ¿cómo me
voy a sentir primera? Mirá, que te quede claro algo:
a mí el poder no me seduce. A mí me enamoran
el talento y la inteligencia.
Viviana Andón (enviada especial a San Luis) | Fotos: P.GRINBERG/PERFIL
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“De Alberto no me sedujo el poder. Me enamoraron
su talento y su inteligencia”.
“Nunca estuve así de enamorada. Encontré al
hombre que el destino tenía para mí”.
La semana pasada, 15 días después de haberse
ido a vivir juntos, la actriz y el gobernador de San Luis
se mostraron de la mano. Hoy, ella confirma la relación en
la casa de Rodríguez Saá.
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