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  Año XX | Nº 1238 | Edición del 27 de Septiembre de 2005
"Me vine a vivir con ál porque es el amor de mi vida"
Esther Goris en "Los Penitos", la casa en la que convive con Alberto Rodriguez Sáa.
 

A esta altura de la vida creía que ya no iba a volver a enamorarse. O, más precisamente, que no iba a enamorarse así, con tanta intensidad. Pero el destino quiso que, a los 42 años, la vida de Esther Goris se cruzara con la del gobernador de San Luis, Alberto Rodriguez Saá (56). Y lo que hasta ese momento parecía un sueño que comenzaba a desdibujarse, se hizo realidad y se instaló en la vida de la actriz con la contundencia de las montañas puntanas que hoy completan el escenario de su nueva vida. Porque hoy ella no sólo está enamorada “como nunca antes lo había estado” . También se mudó a vivir a “Los Peñitos”, la casa de campo del gobernador de San Luis, para comenzar una nueva vida en la que, entre otras cosas, logró que Rodríguez Saá hiciera lo que hasta ahora nunca había hecho: mostrar el lugar en el que vive. El mismo que supo proteger tras un velo de misterio durante años y que ahora, por primera vez, se atreve a mostrar. De la mano de Esther, claro. “Y mientras todo esto sucede, en una aldea de España, mi madre reza. Es increíble, pero reza para que lo que hoy estoy viviendo dure para siempre”, cuenta la actriz.
—¿Y usted cree que durará?
—Bueno, uno nunca sabe. Pero lo cierto es que nunca me había sentido así. A pesar de todos los prejuicios con los que llegué a este lugar y a Alberto.
—¿Cuáles eran esos prejuicios?
—Pensá que soy una persona con una ideología de izquierda. Y a Buenos Aires las noticias llegan un poco distorsionadas.
Entonces Esther relata los comienzos de su historia de amor y de sus prejuicios frente a una relación que se volvió irresistible en poco tiempo. Recuerda que en más de una oportunidad había recibido propuestas para participar de alguna actividad cultural en San Luis pero que sistemáticamente las había rechazado. “Para el gobierno de San Luis, no”, decía con la misma firmeza con la que se negaba a presentar en esa provincia sus proyectos de llevar al cine “Ni dios ni patrón ni marido” y “Agata Galiffi”, a pesar de que tanta gente se lo sugería. “Veía al gobierno de San Luis bajo sospecha como la mayor parte de la gente. Aunque mi único fundamento para eso era que asociaba al gobierno puntano con el menemismo, una idelogía con la que jamás comulgué. Y me parecía una locura llevar ahí proyectos de películas que defienden el anarquismo. Pensé que no me lo iban a aceptar”. Pero ante la insistencia de sus amigos y colegas, un día pidió una entrevista con Rodriguez Saá para ver de qué se trataba eso de la Ley del Cine. “Y ahí me sorpendí al encontrarme con un gobernador que me habla de Neorealimo italiano, de la Nouvele Vaguel. Sabía de cine, conocía mis proyectos y le interesaron los dos”. Después un productor amigo le pidió que lo acompañara a una comida con el gobernador. Como ese productor la había ayudado tanto en conseguir la entrevista en Casa de Gobierno, Esther aceptó con la idea de quedarse apenas una hora. “Más no voy a soportar”, dijo parada en una larga lista de preconceptos que la llevaban a imaginar ese encuentro como “una charla habitual con los políticos habituales. Pero una vez ahí descubrí que Alberto no sólo era un gobernador sino también un artista. Vi cómo vivía, conocí su criterio estético, la casa que hizo con materiales desechables. Esa noche también descubrí que Alberto es músico, que es escritor. Y quedé con la boca abierta cuando me recitó a Shakespeare. Me dejó avergonzada. Ese día también habló de Engels, de Pirandello. Y yo quedé fascinada. Sin embargo, no todo terminó ahí. Porque después de la fascinación empecé a tener severos problemas, incluso de salud. Porque empecé a sufrir un encontronazo entre lo que yo sentía y esos prejuicios que tenía”. Además, esa noche, Esther Goris descubrió una serie de coincidencias entre Rodriguez Saá y la figura de su padre. “No lo vas a creer pero los dos hacen uvas en almibar y aguardiente, conservas de frutas y licores caseros. Los dos tienen pasión por la chatarra, con la diferencia que Alberto la usa para hacer esculturas. Si algo me faltaba para completar el cuadro era la posibilidad de hacer una interpretación edípica de la relación”.
Los encuentros se sucedieron. “Pensé que lo mejor era no negarme a lo que me pasaba. Es más, creí que ver a Alberto era la mejor manera de desilusionarme y que todo se me pasara. Algo tenía que encontrar que no estuviera bien. Pero fue todo lo contrario: me iba enamorando cada vez más. Al mismo tiempo, lloraba”.
—¿Por qué?
—Porque me sentía involucrada emocionalmente como nunca antes. Y yo siempre había sido tan limpia ideológicamente. Sentía que estaba exponiendo mi imagen, mi trayectoria. Me enamoraba de alguien que estaba bajo sospecha en las noticias de Buenos Aires. Entonces, me puse a averiguar.
—¿Qué averiguó?
—Revisé algunos videos de las sesiones del senado en las que Alberto participaba. Y me encontré con un hombre con actitudes e ideas políticas muy distintas a las que yo imaginaba. Y empecé a aliviarme. Además, venía a San Luis y veía 10 millones de árboles plantados que convierten a esta provincia en la única del país berneficiada por el protocolo de Kyoto, que entrega dinero a quienes favorecen que se solucione la capa de ozono a través de la forestación. Me encontré con un plan oficial de inclusión laboral que capacita a la gente y que hizo que esta provincia pasara a tener el índice más bajo de desocupación de la Argentina. Con la figura del Dr. Carlos Pellegrini, que preside el hospital psiquiatrico y que recibió un premio similar a un premio nobel. Y, finalmente, cuando conocí a Tona, la brillante mujer con la que Alberto estuvo casado quince años, me terminé de convencer: es que esa elección también hablaba de él.
—¿Le presentó a su ex mujer?
—Sí. Y a sus hijos: María Luz, Alberto y Carlos Juan. Esa situación me puso muy nerviosa, ¿sabés?. Nunca había vivido esa experiencia. Sólo había tenido una convivencia de siete años con alguien mucho más joven que yo. Pero esos chicos me recibieron con toda la calidez posible. La verdad es que podría decirte que nunca en mi vida fui tan feliz. Alberto es el amor de mi vida. Por eso tomé la decisión de dejar Buenos Aires. Hace menos de un mes que estoy viviendo acá con él.
—¿De quién fue la idea de convivir?
—De él. Cada paso que se dio en esta relación fue promovida por él. Y eso me gusta. Yo no estaba habituada a que alguien me hiciera una declaración amorosa, a que me dijeran que querían conocer a mis padres para pedirles mi mano. Eso terminó de completar el cuadro del amor. Y yo que pensaba que no iba a volver a enamorarme.
—¿Lo necesitaba?
—Ahora me doy cuenta de que a pesar de que hacía un montón de cosas, aunque pudiera irme bárbaro en mi profesión, yo no era feliz. Me faltaba el amor. Igual ahora sé que no va a ser fácil. En algún momento se va a terminar la vida rosa del amor. Porque a mí nunca nadie me cuestionó mi ética y ahora sé que me van a llover palos de todos lados.
—Además se va a decir que está con Rodriguez Saá para realizar sus proyectos de cine...
—...Y ya te expliqué que mis proyectos fueron aceptados antes de que nos enamoráramos.
—Algunos van a pensar que está con él porque le ofrece una vida cómoda...
—...¿Cuántos hombres con dinero hay en la Argentina y cuántos rodean a las actrices?
—¿Piensa dejar de trabajar para dedicarse a disfrutar del amor?
—En este momento no estoy dispuesta a comprometerme con ningún proyecto que me aleje de Alberto por demasiado tiempo. Quiero disfrutar esta etapa. Yo siempre puse mucha líbido en el trabajo y había desatendido lo afectivo. Ahora privilegio el corazón. No es que deje de ser actriz pero no quiero estar lejos de Alberto.
—Hace unos meses, Rodriguez Saá estuvo de novio con Leonor Benedetto, quien también llegó a San Luis para realizar su propia película. ¿No pensó que usted podía ser una más?
¿Qué el gobernador de San Luis era un desuctor empedernido dispuesto a vivir affairs con las bellas actrices que pasaban por su provincia?
—Es que acá han venido tantas actrices. Sé que Alberto es un seductor. Es guapo, es culto, es un artista. De eso no cabe duda. Pero que yo sepa esto no es algo que haya sucedido antes en la vida de Alberto. Hace quince años que se separó de Tona y nunca convivió así con nadie. Jamás mostró esta casa y bastó que yo quisiera hacerlo para que lo permitiera. Además, hay actitudes suyas que me resultan irresistibles.
—¿Cuáles?
—El es el hombre que, siendo gobernador, cuando llegamos a casa muy tarde después de participar de algún acto oficial, me prepara la comida para que yo coma y no esté tan flaca. Ayer hizo arroz con una salsa de tomate que él prepara, sirvió unos fiambres caseros y ensalada de ave. Alberto es el hombre que se preocupa si yo no tengo ropa y se pone a diseñarme pantalones con sus propias manos. El que me ofrece construir otra casa más acorde a mi deseo de tener vista a las montañas. Siempre pensé que cada mujer tenía una pareja que le estaba destinada. Y él es para mí. Sé que igual me puede ir mal. Tal vez no tenga la fuerza para soportar todos los embates que se me van a venir. Y bueno, me encerraré acá y listo. No es fácil estar al lado de un gobernador en un país como la Argentina.
—Hace años usted encarnó la figura de Evita. ¿Hoy cree que aquello fue un presagio?
—¿Presagio? ¡Pero si no hay nadie que pueda ser Evita! ¿Cómo voy a creerme capaz de algo así? Tampoco me considero una primera dama. Si ni siquiera me siento una dama, ¿cómo me voy a sentir primera? Mirá, que te quede claro algo: a mí el poder no me seduce. A mí me enamoran el talento y la inteligencia.

Viviana Andón (enviada especial a San Luis) | Fotos: P.GRINBERG/PERFIL


“De Alberto no me sedujo el poder. Me enamoraron su talento y su inteligencia”.


“Nunca estuve así de enamorada. Encontré al hombre que el destino tenía para mí”.


La semana pasada, 15 días después de haberse ido a vivir juntos, la actriz y el gobernador de San Luis se mostraron de la mano. Hoy, ella confirma la relación en la casa de Rodríguez Saá.


Publicación semanal de Editorial Perfil S.A
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