La palabra “memoria”
estuvo presente durante toda la jornada. El martes 4, a las
siete de la mañana, los tres hermanos Martínez
Suárez, Rosa María Juana, María Aurelia
Paula y José Antonio, viajaron a la localidad de Villa
Cañás, distante 350 kilómetros de Buenos
Aires, para asistir a un homenaje en memoria de su madre,
doña Rosa Suárez de Martínez.
Los tres hermanos prepararon en secreto cada detalle del viaje,
y a partir del momento en que se subieron al Mercedes Benz
gris de Mirtha Legrand empezaron a disfrutarlo. Durante el
trayecto recordaron cada pueblo que aparecía en los
carteles de la Ruta 8: Fortín Tiburcio, Agustinas,
Hughes y otras localidades les resultaban tan familiares como
en aquellos tiempos de juventud.
Llegaron a Villa Cañás cerca del mediodía.
Cada esquina, cada lugar de ese pueblito ubicado en el sur
de la provincia de Santa Fe estaba lleno de recuerdos. Se
los veía emocionados y a la vez felices. El primer
destino fue una visita a la casa de Cleria Martínez
de Garabano, prima de los tres hermanos. Hubo lágrimas,
risas y recuerdos. El tiempo pasó rápido y quedaban
otros sitios por visitar. “Enseguida se hizo la hora
de la siesta, que acá es sagrada, pero decidimos despertar
a los amigos y sorprenderlos con nuestra presencia”,
cuenta José. “Traemos un paquete para el dueño
de casa”, respondía bromeando cuando preguntaban
quienes eran. “Así, sorprendimos a viejos amigos
como Facio Asenjo, Roberto Sales y Enzo Realy. Fue muy emocionante.
Hacía veinte años que no volvíamos los
tres juntos al pueblo”, dijo el cineasta. Luego decidieron
ir a la casa familiar sorprendiendo a su actual dueña,
Guillerma Comiro de González. Mirtha recorrió
la propiedad que aún mantiene los pisos y las puertas
de antaño. Josecito llegó hasta la puerta, pero
prefirió no ingresar para guardar en su interior la
imagen del hogar en su infancia.
A las 13.30 los tres llegaron a la Escuela Número 178
“Juan Cañás” para asistir a la inauguración
de un aula que fue bautizada con el nombre de Rosa Suárez,
quien fue maestra en ese establecimiento entre 1919 y 1936.
Casi todo el pueblo se había acercado para verlos.
En la vereda, los mejores alumnos portaban orgullosos la bandera
de ceremonia. La directora, María Elena Baztán
de Borrás, fue la encargada de recibirlos y ubicarlos
en la primera fila del patio central del colegio. Más
tarde los Martínez Suárez subieron al primer
piso para cortar la cinta inaugural y ninguno de los tres
pudo contener las lágrimas.
“Es difícil hablar en este momento. Desde que
llegué tengo un nudo en la garganta y no paro de llorar.
Estoy tan emocionada, me parece mentira estar acá.
Esto es todo un sueño. Me felicito por haber venido.
¡Qué suerte que estamos acá con mis hermanos!”
Emocionada como pocas veces, Mirtha debió interrumpir
el relato a causa de las lágrimas. Era la más
sensible de los tres, y su imagen parecía hacer honor
a “Chiquita”, su apodo de la niñez. “Hace
aproximadamente dos meses José me dijo que le iban
a hacer un homenaje a mamá, y que un aula de la escuela
llevaría el nombre Rosa Suárez. Yo le dije que
eso me emocionaba mucho porque este colegio fue y es muy querido
por todos nosotros. Ni lo dudé. Decidí dejar
mi programa grabado y venir hasta acá con Silvia y
José. Fue un viaje muy placentero, y más aun
lo fue la llegada. Cuando me reencontré con tantas
caras queridas no lo podía creer. Mi madre también
fue maestra nuestra, aquí en este colegio. Vivo recordando
a mi pueblo porque para mí sigue siendo mi pueblo.
Reconozco que por mi profesión viajé mucho,
pero no hay otro lugar como Villa Cañás. Nunca
lo olvido ni lo olvidaré. Lo amo profundamente. Cada
vez que lo nombro me pongo de pie, y si estoy en uno de mis
almuerzos también hago poner de pie a los invitados”.
Vestida de negro y prolijamente peinada y maquillada, Goldie
habló con CARAS: “Amo este lugar y quisiera terminar
mis días acá al igual que mi hermana. Nosotras
nos portábamos muy bien. Mamá era nuestra maestra
y la de muchos chicos más. José era el más
revoltoso. Hacía líos para que lo mandaran a
la dirección y estar tranquilo para leer. Sus libros
preferidos eran los de la colección ‘El tesoro
de la juventud’. Hoy es un día muy importante
para nosotros. Nos emociona que a pesar del paso del tiempo
reconozcan la labor de mi madre de esta manera. Mi madre entró
cuando sólo había dos aulas en el colegio e
integró la Comisión Pro Edificio. Con los años,
un decreto del gobierno colaboró para ampliar la escuela.
Fue su sueño hecho realidad.”
Esa misma tarde los hermanos quisieron visitar la estación
de trenes. Mientras Mirtha estaba sentada en la sala de espera,
José contaba lo que significaba la llegada del tren
para el pueblo y la nostalgia que sentían cada vez
que partían hacia la Capital. Rosa Suárez era
una mujer fuerte y a la vez dulce. Alegraba la casa con sus
gracias. Había vivido en España y allá
se recibió de maestra. Le encantaba llevar a sus hijos
a Buenos Aires para ver zarzuela. Su marido, José Martínez,
también era un apasionado del arte. Los dos eran muy
unidos y deseaban que sus hijos llegaran lejos en la vida.
Las mellizas estudiaban zapateo americano y danzas españolas,
mientras José tomaba clases de piano.
“Recuerdo que nos encantaba ir al cine Dante, que estaba
al lado de casa. Muy cerca había una confitería
donde papá tomaba Fernet con aceitunas y nos esperaba.
Cuando salíamos pasábamos a buscarlo, tomábamos
un refresco, nos comíamos unas aceitunas y volvíamos
a casa. Recuerdo que Carlina Castex de Artiaga era una de
las señoras más distinguidas del pueblo, y hasta
que ella no llegaba al cine no empezaba la película.
Por suerte, como era una mujer educada, nunca se atrasaba
más de diez minutos. Usaba un perfume fuerte y rico
que mi hermana Mirtha no olvida”, recuerda Josecito.
Mirtha y Goldie apenas tenían ocho años y José
iba a cumplir diez cuando su padre le dijo a su esposa: “Andá
con los chicos a vivir a Rosario. Allá tendrán
más oportunidades para estudiar. Yo sigo con la librería
acá en Cañás y viajaré los fines
de semana para verlos”. Rosa y sus tres hijos se instalaron
en Rosario. Todos los sábados los cuatro esperaban
a José en la avenida ubicada en la entrada de la ciudad,
que era el paso obligado para llegar desde Villa Cañás.
José Martínez falleció cuando apenas
tenía 37 años. Sufrió una úlcera
estomacal y murió a causa de una mala praxis. La vida
de Rosa Suárez y de sus tres hijos cambió totalmente.
“Papá era un hombre alto, buenmocísimo.
Era andaluz, pero en sus rasgos se notaba la sangre mora.
Le gustaba comprar autos en la agencia Ford y llevarnos a
pasear. Yo era su debilidad. El me decía ‘Chiquita’.
Siempre me llamaron así porque cuando nací pesaba
1,800 kilos y era una lauchita. Seguramente, mientras estábamos
en la panza de mamá mi hermana se comió todo
y nació más gordita que yo. En esa época
no había ecografías, nacimos en la casa del
médico que atendía a mamá”, recuerda
Mirtha.
“A Goldie le decíamos Gordita, pero cuando se
hizo grande a mamá le resultaba un apodo despectivo
y la rebautizamos como Goldie”, agrega José.
Luego de la muerte de su marido, Rosa y sus tres hijos decidieron
vivir en Buenos Aires. Alquilaron una casa en la calle Remedios
de Escalada, en La Paternal, y gracias a su fuerza salieron
adelante. Ese verano, Goldie, quien ya había adoptado
el nombre de Silvia, fue consagrada Reina del Carnaval en
los corsos de la Avenida de Mayo. Un año después,
salió elegida Mirtha. Las dos lucieron vestidos cosidos
y bordados a mano por su madre. Ninguna de las dos pasó
inadvertida y cautivaron con su encanto y belleza.
Además, la madre se transformó en la jefa del
hogar y decidió escuchar los consejos de una amiga.
“Son tan lindas. Es una pena que no se dediquen a la
actuación”. Rosa lo pensó y no dudó
en enviarle fotos de sus hijas a Chas de Crus, quien a partir
de allí se transformó en el padrino artístico
de las hermanas. Las dos chicas amaban el cine a través
de las revistas y se sentían atraídas por ese
mundo misterioso, atrapante y seductor. En 1940, a los catorce
años, ingresaron en el mundo artístico con la
película “Hay que educar a Niní”,
de Amadori. Al año siguiente las carreras de las mellizas
empezaron a bifurcarse. Mirtha interpretó a una entrañable
adolescente en “Los martes orquídeas” y
Silvia filmó “El más infeliz del pueblo”,
dirigida por Luis Bayón Herrera.
Un año después volvieron a unirse en “Claro
de Luna”. En el ‘44, Silvia se casó con
un subteniente del ejército, Eduardo Lópina.
Como en las películas, Goldie dejó todo por
amor. Un amor que duró hasta hace unos meses cuando
falleció Lópina. “Goldie es mi otro yo,
es la mitad de mi cuerpo y de mi alma. La amo. Ella me protegió
mucho cuando murió mamá. Es más cerebral
que yo. Cuando vivíamos en el pueblo adorábamos
andar en bicicleta, y en el verano esperábamos al heladero
que pasaba en un carro y anunciaba su llegada tocando una
campana. En invierno hacía mucho frío. Cruzábamos
la plaza para ir al colegio y los charcos estaban congelados.
El flirteo era una consigna”, confiesa la diva de los
almuerzos.
“Hoy me pregunto qué hubiera sido de mí
si me hubiese quedado en Cañás. Seguramente
me hubiera casado con alguien de aquí y hubiera sido
muy feliz. La estación de trenes era la salida obligada,
todo pasaba por ahí. Las chicas iban del bracete. Iban
a espiar quién subía y quién bajaba de
cada formación. Los casamientos de los sábados
eran otro atractivo del pueblo”, confesó “Chiquita”
Martínez, como aún la llaman en Villa Cañás.
Martes 4, 17.00 horas. Josecito, Goldie y Chiquita vuelven
a repetir el mismo itinerario de la llegada: se suben al auto
de Mirtha en la puerta del colegio, recorren las calles de
Cañás, la mítica estación y se
despiden de su prima Cleria. Es hora de volver a Buenos Aires.
Cargan nafta en una YPF y retoman la Ruta 8. Décadas
y décadas de recuerdos se entrecruzaron durante seis
horas. Volvieron los hermanitos Martínez Suárez.
Y se fueron con la promesa de volver.
Por: Rebeca Peiró y Romina Redl (desde Villa
Cañás) | Fotos: MARTIN FERNANDEZ gentileza
escuela Nº 178 juan cañas Gentileza diario “el orden”
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Martes 4, 13,45hs. Mirtha posa con Josecito
y Goldie en el aula de la Escuela 178 de Villa Cañás que recibió
el nombre de Rosa Suárez.
Rosa Suárez con sus tres hijos. Su debilidad
era Josecito y adoraba a sus princesas. Mirtha era tan coqueta
que no se sentaba para no arrugar el vestido.
Los vecinos de Villa Cañás se acercaron a
la escuela para saludar a Mirtha, quien lució su elegancia
habitual. Más tarde los tres hermanos cortaron la cinta de
las aulas inauguradas junto a Eduardo Tirabassi, hijo de Don
Gino, primer portero del colegio.
Mirtha y José en su última visita a Villa
Cañás. Fue hace hace 20 años. El martes 4, ella se sentó en
la sala de espera, cerró los ojos y volvió atrás en el tiempo.
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