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  Año XX | Nº 1281| Edición del 25 de julio de 2006
Nacha Guevara emula la juventud eterna de las "pin ups"
"Evolucioné junto a mi público y siento que ya soy un clásico"
 

Había caído ya el telón de Las mil y una Nachas y, entre los aplausos, se oían amenazas, cobarde contraofensiva de un régimen político endeble ante la fuerza del artista. Así fue como Nacha Guevara recogió los dieciséis perfiles de mujer que arrojaba cada noche sobre el escenario del teatro Margarita Xirgu, empacó una gran muda de arte y restos de libertad en las valijas del exilio.
“No recuerdo cómo fue que llegó a mi vida, pero nunca se ha ido de mi lado –recuerda Nacha, en vuelo fugaz hacia el año 1974–, el libro de dibujos de Alberto Vargas fue una de las pocas cosas que llevé conmigo en aquella oportunidad. Me gusta abrirlo de vez en cuando y ver que las distintas épocas no han ajado su esencia, jamás dejará de ser actual.”
Sus ojos de mujer descubrieron los trazos del artista peruano cuando “las chicas Vargas” dejaban de ser dibujos para desprenderse del papel como consagrados iconos americanos de femineidad. “Permanentemente redescubro la perfección en la obra de Vargas, y lo perfecto me provoca felicidad. Sus chicas han sido en mi vida un modelo de extraordinaria belleza” -confiesa Nacha-, y la charla se desliza por los canales de la estética. Tres décadas aún faltaban para que Mar del Plata viera nacer a Nacha, y más de treinta años para que esa niña manifestara grandes aptitudes en los estudios de danza, cuando Alberto Vargas se negaba a regresar a su Arequipa natal. Los primeros intentos de jazz animaban los pasos del joven dibujante peruano por las avenidas de la Nueva York de 1916. En uno de sus vespertinos recorridos por Broadway, Vargas se dejó llevar por el andar de una mujer de increíble figura y rojiza melena. Esquivando la prisa del gentío la siguió hasta que la dama entró en el teatro donde se presentaba el Greenwich Village Follies. Allí la esperó hasta el fin de la función sólo para pedirle que pose para él. Ella era Anna Mae Clift, bailarina, eterna musa, finalmente, mujer del artista y la primera “chica Vargas”, como luego la denominaría el mundo. A Clift la sucedieron las divas del Hollywood de dorado glamour, y los anuncios y calendarios anticiparon el magnánimo éxito de estas féminas impresas en las páginas de publicaciones como Esquire y Playboy, bajo el nombre de “Pin up girls”.
—¿Qué la conmueve de estas imágenes?
—La felicidad de esas mujeres ideales para Vargas. Aparentan llevarse bien con la vida, no ser conflictuadas, pero tampoco boludas. Las pin ups logran el perfecto equilibrio entre sensualidad e inocente frescura de la mujer de aquella época, donde seducir no era algo obvio. Sin duda, se trata de mujeres de la cresta que antecede a la decadencia de un período.
—¿La mujer actual ha perdido la inocencia?
—La inocencia se ha perdido en muchos órdenes de la vida. Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a lo bueno y lo malo de estos tiempos, y entonces ya nada nos sorprende.
—Arthur Paul, director artístico de Playboy, en los ´60 afirmó que Vargas buscaba la perfección en un mundo imperfecto. ¿Una utopía?
—Utopía o no, se trata de un camino que transitaré hasta mi último aliento. El sendero hacia la perfección es ineludible a cualquier artista. ¿Hay dudas de que es posible? Algunos elegidos demostraron que existe lo perfectible. Una sonata de Mozart es perfecta, también lo es una coreografía de Fred Astaire o una pintura de Dalí.
—¿Se es consciente de ese momento?
—La señal es la felicidad que uno siente. Por más terrible que sea la vida del artista, en ese momento se es feliz, y entonces uno sabe que lo ha logrado. Todo acto de creación tiene ese momento, grande o chiquito, pero existe. No es necesario ser Mozart para ser creativo, y gracias a Dios, si no seríamos muy desgraciados. La perfección se puede alcanzar haciendo un pan o escribiendo una carta, sólo hay que descubrir la forma en la que uno se puede expresar.
—Imaginemos su encuentro con Vargas. ¿Qué lo hubiese seducido de usted?
—(Ríe, mientras su imaginación recorre el cuarto). No podría asegurarlo, pero sí puedo afirmar que nos hubiésemos hecho amigos. Me hago amiga de la gente que tiene sensibilidad y una particular locura en común conmigo. Siempre me engancho con el mundo interior del artista y no con “el artista”.
—¿Hubiera sido Ud. una chica Vargas?
—Nada me hubiese gustado más. De vez en cuando, en casa, hojeo mis antiguas revistas de moda y viendo a las pin ups me reconozco en poses, gestos y estilos de cuerpo. Obviamente el mío no es tan perfecto (bromea), porque por más photoshop al que se recurra en estos tiempos, no hay que olvidar que se trata de dibujos. Sería genial haber sido parte de la obra de un hombre que llevó la belleza femenina a su máxima expresión.
— Estas imágenes de mujer son tan ideales al punto que hubo quienes las calificaron de surrealistas. ¿De qué manera siente que Ud. trasciende el plano de la realidad?
—Por lo general se manifiesta sobre el escenario, cuando paso de la intuición a la acción sin demasiados filtros racionales. En la vida no llego a esos niveles, aunque me gustaría ser más loca en ese sentido. También puedo justificar ese costado diciendo que cuento con un sentido extra que me anticipa cómo serán las cosas antes de que sucedan, aunque suela ser una desgracia porque cuando los demás no ven, no escuchan y todo puede echarse a perder. Ojo, eso no es videncia (bromea) sino intuición innata.
—¿Su modo de seducción es tan sutil como pretendía ser el de las pin ups?
—En estas épocas, la sutileza en la seducción es un valor en desuso. Recordemos las canciones de Nat King Cole, y pensemos cuán cuidado era ese romanticismo en la relación entre un hombre y una mujer en sus estrofas.
—Así como Vargas, ¿considera Ud. que la belleza es un valor?
—Hace poco tiempo vi un documental en algún canal educativo que planteaba el debate sobre el significado de la belleza. Los científicos concluían que el sistema nervioso humano reconoce que algo es bello cuando es simétrico. A mí, la simetría me da seguridad y me hace sentir bien. Tal vez es por mi condición de libriana que el desequilibrio me perturba, aquello que no es armonioso debo corregirlo de inmediato. Soy una adicta a la belleza.
—Las pin ups han sido sugerentes para las artes venideras de los ´60. ¿Es Ud. una influencia para las próximas generaciones?
—Ahora dicen que soy un fashion icon, y tal vez tengan razón, pero una nunca sabe en qué momento ocurre. Recuerdo que estaba exiliada en México, un joven llegó tarde al teatro y entró en mitad de un cuadro que interpretaba en las tantas obras que hice en ese país. El muchacho quedó impresionado con la actuación, de tal manera que en ese instante decidió dedicarse al arte. Años después, ese hombre me dirigió en El graduado. Su nombre es Felipe Fernández del Paso. Por eso digo que el artista muy pocas veces se entera cuando ha tocado el alma de alguien, y por eso debemos ser responsables, en un minuto podemos torcer un rumbo.
—Las chicas de Vargas son dueñas de la juventud perpetua. ¿Qué le sugiere el paso del tiempo?
—Tengo presente una máxima de la Física cuántica, que dice:“Todo aquello en lo que uno deposite demasiada atención tenderá a potenciarse y de lo que se retira la atención, con el tiempo, desaparecerá”. Entonces pienso que cuanto más pendiente esté de una arruga más arrugada estaré. Trato de dedicar atención a otras cosas en la vida. Admiro a las chicas de Vargas por su lozanía, su frescura y naturalidad. Las pautas actuales demandan que una sea flaca, demacrada, con cierto look reviente. Nos toca vivir uno de los males de esta época: La obsesión desmedida por parecer de menos edad de la que se tiene.
Desde hace 25 años, el día de Nacha no comienza sin 60 minutos de meditación y no más de 35 minutos para los ejercicios del método Pilates con una máquina que trajo especialmente desde España, y para el uso de la cual se ha instruido en el extranjero. No le gustan los gimnasios y a la rutina diaria suma largas caminatas. Nacha suele decir que, en su caso como en el de muchos: “La juventud no es la etapa más feliz de la vida por ser un período de desorientación y enojo. Actualmente estoy en armonía con mi entorno y conmigo misma y entonces me veo más linda que a los 20 años, porque soy más feliz”.
—Las pin ups incentivaron moralmente a los soldados norteamericanos durante la II Guerra Mundial, a tal punto que identificaban las batallas con los nombres de aquellas mujeres. ¿De qué lucha, cree Ud., que puede ser insignia?
—En la lucha que reivindica la belleza. Estoy convencida de que en la carta de los Derechos Humanos debería existir el derecho a la belleza. En nuestra cultura siempre ha sido un bien de las clases dominantes. Sólo algunos pocos pueden ir al teatro, comprar un disco, un cuadro o entrar al Colón. La belleza es tan importante como comer, porque no sólo de pan vivirá el hombre. Así pensé toda la vida, aun en mis épocas más combativas y en momentos de extrema pobreza me subía a un escenario y trataba de hacer mi trabajo lo más bello posible. La belleza es mi lucha de vida, es inevitable no tender a embellecer todo lo que tengo cerca de mí.
—Cuando se trata de uno mismo, ¿cuál es el límite entre esa lucha y la frivolidad?
—Claro que debe tener un matiz frívolo, pero vamos, tampoco se es más inteligente por andar mugriento. Durante mi exilio compartí mucho con Atahualpa Yupanqui. Juntos hacíamos causa común con las críticas que recibíamos, yo por el cuidado despliegue de las puestas de mi show, y él por cantar folclore dentro de un smoking. Nunca olvidaré sus palabras: “Cuando escucho lo que dicen sólo respondo, no por parecer gaucho me voy a afeitar con espuelas”. No es tan importante la grandeza del contenido, siempre que se exprese bellamente será bien recibido.
Y un día, Nacha se vistió de Luna. Sobre su piel dispuso ropas de un personaje de exquisito calibre que ha sabido guiar El tiempo no para hacia el puerto donde amarran los programas de culto. El ciclo televisivo de Canal 9, producido por Sebastián Ortega y Pablo Culell, puso ante Nacha una hoja en blanco en la que sabe dibujar la contradicción entre emoción y expresión, los matices encontrados del amor disfuncional, la deliciosa decadencia del artista y una despiadada honestidad.
—¿Cuál es el punto de encuentro entre Nacha y Luna?
—El campo de batalla en el cual se defiende la libertad. Ambas somos artistas, sensibles a la belleza y conscientes de que la verdad no es la del Código Civil sino la última, la más difícil de alcanzar, la de ser realmente uno.
—Finalmente, ¿ese proceso fortalece o vulnera?
—Ambas. Porque nunca oculto mis puntos de contraste. No soy un ser ejemplar sino una persona en permanente búsqueda de la verdad que trata de manejar, de la mejor manera, aquello que le toca vivir. En eso me parezco a Luna y en la especial habilidad para cambiar el switch de los estados de ánimo, una de mis más valiosas herramientas en la vida y en el escenario.
—¿Cómo ama Nacha Guevara?
—Así como Luna amo a mis hijos desde el desapego, pero, a diferencia de ella, no intento retenerlos ni inducirlos a mis pautas de vida. Cuando mis tres hijos (Juan Pablo Favero, Ariel del Mastro y Gastón Briski) tuvieron 10 o 12 años, provoqué con ellos un vínculo más suelto. Amarlos ha sido confiar en ellos y dejarlos volar, y con mis siete nietos de seguro será igual. En referencia con los hombres, creo que Luna y yo amamos distinto, aunque puede ser que compartamos esa facilidad para adaptarnos a la ausencia de una pareja. Hace cuatro años que estoy sola, y no sólo no me pesa sino que no lo cambio por nada. No me gusta estar encima de nadie y que nadie esté encima de mí, y tanta independencia tal vez provoque miedo a un acercamiento.
En presencia de una mujer como Nacha, es fácil darse cuenta que la belleza no es sólo un discurso teórico en su vida, pero resulta difícil lograr que la razón acepte que está sola. “Yo afirmo permanentemente mi independencia y hoy tengo como ideal de pareja a una persona que no tenga nada que ver con mi profesión, alguien realizado y con aspectos personales resueltos. A veces me agarra el romanticismo, pero enseguida se me pasa.”
Cinco años ha sido el período máximo en el que Nacha ha estado sin pareja, y según ha asegurado alguna vez: “Todavía no he batido mi propio récord”, pero nada la perturba porque como ha confesado, “estoy muy en paz de este modo, finalmente, el amor de mi vida es mi trabajo y el más permanente es el público, y cuando se tiene una pasión de esta talla es difícil compartirla”.
—Pero ha sabido compatibilizar amor y arte...
—Sí, pero si tuviese que elegir entre mi profesión y el amor, sin duda, me quedo con mi carrera.
—Luna es una persona adicta al alcohol y, como ha dicho alguna vez, “al amor”. ¿Ud. depende de algo en la vida?
—Debo confesar que detesto la dependencia, pero tengo adicción a las harinas (bromea), porque no sólo amaso sino que también como mucho pan y pizzas. Bueno, también debería añadir el shopping en la lista.
No hay jornada sin su “mezcla para alimentar las células”, como suele llamar al preparado de jugo de frutas, germen de trigo, algunas proteínas y leche en polvo. Uno de los tantos resultados de su paso por la carrera de nutrición que cursó en México y en los Estados Unidos, cuando encabezó la denominada “revolución naturista” hace poco más de veinte años. Nacha mantiene una dieta vegetariana con una licencia, no ingiere huevos pero sí lácteos. Y por supuesto, no se abstiene de los carbohidratos, consumidos a piacere. Más aun desde que Iñaki Urlezaga le trajo desde Inglaterra una máquina para hacer pan.
“Los quince minutos de fama no cuentan, lo importante es ser un clásico”, pronunció Luna alguna vez. La artista, para quien ha pasado el cuarto de ahora, trataba de adoctrinar a su aprendiz con el famoso concepto de Andy Warhol en la cumbre emotiva de la escena.
—¿Nacha Guevara es un clásico argentino?
—Ahora podría decir que lo soy, y eso se siente muy bueno porque es el momento en la vida que uno voltea y comienza a rever el trayecto recorrido. El artista evoluciona en paralelo con su público, el único con el poder de legitimar ese gran título, a través del cariño y el respeto. Hace cuarenta años me enfrento a mi gente, y recién ahora entiendo ese lazo de complicidad tan difícil de lograr.
—¿Ser un clásico acomoda o pesa?
—Es un sitio de gran comodidad. Cuando el artista toca el corazón del público, lo hace para siempre. El arte ocurre en un tiempo y espacio diferentes al que se conoce, en un espacio de la conciencia, donde lo que se une jamás se desata. En mi caso fue increíble regresar a mi país y encontrar el mismo amor que había dejado, ese poder te lo da el arte. Ese es mi punto de contacto con las pin ups, hoy se abre el libro y todo sigue intacto, actual.
—¿Existe una filosofía Guevara?
—La que incita al tránsito constante en busca del chispazo de verdad, belleza y perfección.
Dijo Nacha alguna vez: “Me gusta ser estrella cuando se prende la luz porque es aquello que la gente cree que haré bien, después prefiero el silencio y no exponerme demasiado”. No habrá forma para saber cuántos corazones ha tocado en su camino pero existe una certeza común a quienes ya la han visto desplegar las alas del arte. Así como las pin ups, Nacha Guevara tiene el don de ser un clásico, y entre las páginas de su vida jamás faltará la etérea belleza, aunque el tiempo no pare.

Por Sebastián Soldano | Fotos MACHADO CICALA


Durante el día, Nacha se viste de Luna para grabar “El tiempo no para” (Canal 9). Por las noches, conmueve en el escenario de “Un país de revista”. Fascinada por las chicas de Alberto Vargas, creador de las “pin-ups”, jugó a ser una de ellas.


Desde hace 25 años, el día de Nacha comienza con 60 minutos de meditación, 35 de Pilates y largas caminatas. Es vegetariana y en su dieta incluye una “mezcla para alimentar las células”, a base de jugo de frutas, germen de trigo, proteínas y leche en polvo.


“Soy adicta a la estética. Confieso que el desequilibrio me perturba.”


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