Había caído
ya el telón de Las mil y una Nachas y, entre los aplausos,
se oían amenazas, cobarde contraofensiva de un régimen
político endeble ante la fuerza del artista. Así
fue como Nacha Guevara recogió los dieciséis
perfiles de mujer que arrojaba cada noche sobre el escenario
del teatro Margarita Xirgu, empacó una gran muda de
arte y restos de libertad en las valijas del exilio.
“No recuerdo cómo fue que llegó a mi vida,
pero nunca se ha ido de mi lado –recuerda Nacha, en
vuelo fugaz hacia el año 1974–, el libro de dibujos
de Alberto Vargas fue una de las pocas cosas que llevé
conmigo en aquella oportunidad. Me gusta abrirlo de vez en
cuando y ver que las distintas épocas no han ajado
su esencia, jamás dejará de ser actual.”
Sus ojos de mujer descubrieron los trazos del artista peruano
cuando “las chicas Vargas” dejaban de ser dibujos
para desprenderse del papel como consagrados iconos americanos
de femineidad. “Permanentemente redescubro la perfección
en la obra de Vargas, y lo perfecto me provoca felicidad.
Sus chicas han sido en mi vida un modelo de extraordinaria
belleza” -confiesa Nacha-, y la charla se desliza por
los canales de la estética. Tres décadas aún
faltaban para que Mar del Plata viera nacer a Nacha, y más
de treinta años para que esa niña manifestara
grandes aptitudes en los estudios de danza, cuando Alberto
Vargas se negaba a regresar a su Arequipa natal. Los primeros
intentos de jazz animaban los pasos del joven dibujante peruano
por las avenidas de la Nueva York de 1916. En uno de sus vespertinos
recorridos por Broadway, Vargas se dejó llevar por
el andar de una mujer de increíble figura y rojiza
melena. Esquivando la prisa del gentío la siguió
hasta que la dama entró en el teatro donde se presentaba
el Greenwich Village Follies. Allí la esperó
hasta el fin de la función sólo para pedirle
que pose para él. Ella era Anna Mae Clift, bailarina,
eterna musa, finalmente, mujer del artista y la primera “chica
Vargas”, como luego la denominaría el mundo.
A Clift la sucedieron las divas del Hollywood de dorado glamour,
y los anuncios y calendarios anticiparon el magnánimo
éxito de estas féminas impresas en las páginas
de publicaciones como Esquire y Playboy, bajo el nombre de
“Pin up girls”.
—¿Qué la conmueve de estas imágenes?
—La felicidad de esas mujeres ideales para
Vargas. Aparentan llevarse bien con la vida, no ser conflictuadas,
pero tampoco boludas. Las pin ups logran el perfecto equilibrio
entre sensualidad e inocente frescura de la mujer de aquella
época, donde seducir no era algo obvio. Sin duda, se
trata de mujeres de la cresta que antecede a la decadencia
de un período.
—¿La mujer actual ha perdido la inocencia?
—La inocencia se ha perdido en muchos órdenes
de la vida. Lamentablemente, nos hemos acostumbrado a lo bueno
y lo malo de estos tiempos, y entonces ya nada nos sorprende.
—Arthur Paul, director artístico de Playboy,
en los ´60 afirmó que Vargas buscaba la perfección
en un mundo imperfecto. ¿Una utopía?
—Utopía o no, se trata de un camino
que transitaré hasta mi último aliento. El sendero
hacia la perfección es ineludible a cualquier artista.
¿Hay dudas de que es posible? Algunos elegidos demostraron
que existe lo perfectible. Una sonata de Mozart es perfecta,
también lo es una coreografía de Fred Astaire
o una pintura de Dalí.
—¿Se es consciente de ese momento?
—La señal es la felicidad que uno siente.
Por más terrible que sea la vida del artista, en ese
momento se es feliz, y entonces uno sabe que lo ha logrado.
Todo acto de creación tiene ese momento, grande o chiquito,
pero existe. No es necesario ser Mozart para ser creativo,
y gracias a Dios, si no seríamos muy desgraciados.
La perfección se puede alcanzar haciendo un pan o escribiendo
una carta, sólo hay que descubrir la forma en la que
uno se puede expresar.
—Imaginemos su encuentro con Vargas. ¿Qué
lo hubiese seducido de usted?
—(Ríe, mientras su imaginación
recorre el cuarto). No podría asegurarlo, pero sí
puedo afirmar que nos hubiésemos hecho amigos. Me hago
amiga de la gente que tiene sensibilidad y una particular
locura en común conmigo. Siempre me engancho con el
mundo interior del artista y no con “el artista”.
—¿Hubiera sido Ud. una chica Vargas?
—Nada me hubiese gustado más. De vez
en cuando, en casa, hojeo mis antiguas revistas de moda y
viendo a las pin ups me reconozco en poses, gestos y estilos
de cuerpo. Obviamente el mío no es tan perfecto (bromea),
porque por más photoshop al que se recurra en estos
tiempos, no hay que olvidar que se trata de dibujos. Sería
genial haber sido parte de la obra de un hombre que llevó
la belleza femenina a su máxima expresión.
— Estas imágenes de mujer son tan ideales
al punto que hubo quienes las calificaron de surrealistas.
¿De qué manera siente que Ud. trasciende el
plano de la realidad?
—Por lo general se manifiesta sobre el escenario,
cuando paso de la intuición a la acción sin
demasiados filtros racionales. En la vida no llego a esos
niveles, aunque me gustaría ser más loca en
ese sentido. También puedo justificar ese costado diciendo
que cuento con un sentido extra que me anticipa cómo
serán las cosas antes de que sucedan, aunque suela
ser una desgracia porque cuando los demás no ven, no
escuchan y todo puede echarse a perder. Ojo, eso no es videncia
(bromea) sino intuición innata.
—¿Su modo de seducción es tan
sutil como pretendía ser el de las pin ups?
—En estas épocas, la sutileza en la
seducción es un valor en desuso. Recordemos las canciones
de Nat King Cole, y pensemos cuán cuidado era ese romanticismo
en la relación entre un hombre y una mujer en sus estrofas.
—Así como Vargas, ¿considera Ud.
que la belleza es un valor?
—Hace poco tiempo vi un documental en algún
canal educativo que planteaba el debate sobre el significado
de la belleza. Los científicos concluían que
el sistema nervioso humano reconoce que algo es bello cuando
es simétrico. A mí, la simetría me da
seguridad y me hace sentir bien. Tal vez es por mi condición
de libriana que el desequilibrio me perturba, aquello que
no es armonioso debo corregirlo de inmediato. Soy una adicta
a la belleza.
—Las pin ups han sido sugerentes para las artes
venideras de los ´60. ¿Es Ud. una influencia
para las próximas generaciones?
—Ahora dicen que soy un fashion icon, y tal
vez tengan razón, pero una nunca sabe en qué
momento ocurre. Recuerdo que estaba exiliada en México,
un joven llegó tarde al teatro y entró en mitad
de un cuadro que interpretaba en las tantas obras que hice
en ese país. El muchacho quedó impresionado
con la actuación, de tal manera que en ese instante
decidió dedicarse al arte. Años después,
ese hombre me dirigió en El graduado. Su nombre es
Felipe Fernández del Paso. Por eso digo que el artista
muy pocas veces se entera cuando ha tocado el alma de alguien,
y por eso debemos ser responsables, en un minuto podemos torcer
un rumbo.
—Las chicas de Vargas son dueñas de la
juventud perpetua. ¿Qué le sugiere el paso del
tiempo?
—Tengo presente una máxima de la Física
cuántica, que dice:“Todo aquello en lo que uno
deposite demasiada atención tenderá a potenciarse
y de lo que se retira la atención, con el tiempo, desaparecerá”.
Entonces pienso que cuanto más pendiente esté
de una arruga más arrugada estaré. Trato de
dedicar atención a otras cosas en la vida. Admiro a
las chicas de Vargas por su lozanía, su frescura y
naturalidad. Las pautas actuales demandan que una sea flaca,
demacrada, con cierto look reviente. Nos toca vivir uno de
los males de esta época: La obsesión desmedida
por parecer de menos edad de la que se tiene.
Desde hace 25 años, el día de Nacha no comienza
sin 60 minutos de meditación y no más de 35
minutos para los ejercicios del método Pilates con
una máquina que trajo especialmente desde España,
y para el uso de la cual se ha instruido en el extranjero.
No le gustan los gimnasios y a la rutina diaria suma largas
caminatas. Nacha suele decir que, en su caso como en el de
muchos: “La juventud no es la etapa más feliz
de la vida por ser un período de desorientación
y enojo. Actualmente estoy en armonía con mi entorno
y conmigo misma y entonces me veo más linda que a los
20 años, porque soy más feliz”.
—Las pin ups incentivaron moralmente a los soldados
norteamericanos durante la II Guerra Mundial, a tal punto
que identificaban las batallas con los nombres de aquellas
mujeres. ¿De qué lucha, cree Ud., que puede
ser insignia?
—En la lucha que reivindica la belleza. Estoy
convencida de que en la carta de los Derechos Humanos debería
existir el derecho a la belleza. En nuestra cultura siempre
ha sido un bien de las clases dominantes. Sólo algunos
pocos pueden ir al teatro, comprar un disco, un cuadro o entrar
al Colón. La belleza es tan importante como comer,
porque no sólo de pan vivirá el hombre. Así
pensé toda la vida, aun en mis épocas más
combativas y en momentos de extrema pobreza me subía
a un escenario y trataba de hacer mi trabajo lo más
bello posible. La belleza es mi lucha de vida, es inevitable
no tender a embellecer todo lo que tengo cerca de mí.
—Cuando se trata de uno mismo, ¿cuál
es el límite entre esa lucha y la frivolidad?
—Claro que debe tener un matiz frívolo,
pero vamos, tampoco se es más inteligente por andar
mugriento. Durante mi exilio compartí mucho con Atahualpa
Yupanqui. Juntos hacíamos causa común con las
críticas que recibíamos, yo por el cuidado despliegue
de las puestas de mi show, y él por cantar folclore
dentro de un smoking. Nunca olvidaré sus palabras:
“Cuando escucho lo que dicen sólo respondo, no
por parecer gaucho me voy a afeitar con espuelas”. No
es tan importante la grandeza del contenido, siempre que se
exprese bellamente será bien recibido.
Y un día, Nacha se vistió de Luna. Sobre su
piel dispuso ropas de un personaje de exquisito calibre que
ha sabido guiar El tiempo no para hacia el puerto donde amarran
los programas de culto. El ciclo televisivo de Canal 9, producido
por Sebastián Ortega y Pablo Culell, puso ante Nacha
una hoja en blanco en la que sabe dibujar la contradicción
entre emoción y expresión, los matices encontrados
del amor disfuncional, la deliciosa decadencia del artista
y una despiadada honestidad.
—¿Cuál es el punto de encuentro
entre Nacha y Luna?
—El campo de batalla en el cual se defiende
la libertad. Ambas somos artistas, sensibles a la belleza
y conscientes de que la verdad no es la del Código
Civil sino la última, la más difícil
de alcanzar, la de ser realmente uno.
—Finalmente, ¿ese proceso fortalece o
vulnera?
—Ambas. Porque nunca oculto mis puntos de contraste.
No soy un ser ejemplar sino una persona en permanente búsqueda
de la verdad que trata de manejar, de la mejor manera, aquello
que le toca vivir. En eso me parezco a Luna y en la especial
habilidad para cambiar el switch de los estados de ánimo,
una de mis más valiosas herramientas en la vida y en
el escenario.
—¿Cómo ama Nacha Guevara?
—Así como Luna amo a mis hijos desde el desapego,
pero, a diferencia de ella, no intento retenerlos ni inducirlos
a mis pautas de vida. Cuando mis tres hijos (Juan Pablo Favero,
Ariel del Mastro y Gastón Briski) tuvieron 10 o 12
años, provoqué con ellos un vínculo más
suelto. Amarlos ha sido confiar en ellos y dejarlos volar,
y con mis siete nietos de seguro será igual. En referencia
con los hombres, creo que Luna y yo amamos distinto, aunque
puede ser que compartamos esa facilidad para adaptarnos a
la ausencia de una pareja. Hace cuatro años que estoy
sola, y no sólo no me pesa sino que no lo cambio por
nada. No me gusta estar encima de nadie y que nadie esté
encima de mí, y tanta independencia tal vez provoque
miedo a un acercamiento.
En presencia de una mujer como Nacha, es fácil darse
cuenta que la belleza no es sólo un discurso teórico
en su vida, pero resulta difícil lograr que la razón
acepte que está sola. “Yo afirmo permanentemente
mi independencia y hoy tengo como ideal de pareja a una persona
que no tenga nada que ver con mi profesión, alguien
realizado y con aspectos personales resueltos. A veces me
agarra el romanticismo, pero enseguida se me pasa.”
Cinco años ha sido el período máximo
en el que Nacha ha estado sin pareja, y según ha asegurado
alguna vez: “Todavía no he batido mi propio récord”,
pero nada la perturba porque como ha confesado, “estoy
muy en paz de este modo, finalmente, el amor de mi vida es
mi trabajo y el más permanente es el público,
y cuando se tiene una pasión de esta talla es difícil
compartirla”.
—Pero ha sabido compatibilizar amor y arte...
—Sí, pero si tuviese que elegir entre
mi profesión y el amor, sin duda, me quedo con mi carrera.
—Luna es una persona adicta al alcohol y, como
ha dicho alguna vez, “al amor”. ¿Ud. depende
de algo en la vida?
—Debo confesar que detesto la dependencia,
pero tengo adicción a las harinas (bromea), porque
no sólo amaso sino que también como mucho pan
y pizzas. Bueno, también debería añadir
el shopping en la lista.
No hay jornada sin su “mezcla para alimentar las células”,
como suele llamar al preparado de jugo de frutas, germen de
trigo, algunas proteínas y leche en polvo. Uno de los
tantos resultados de su paso por la carrera de nutrición
que cursó en México y en los Estados Unidos,
cuando encabezó la denominada “revolución
naturista” hace poco más de veinte años.
Nacha mantiene una dieta vegetariana con una licencia, no
ingiere huevos pero sí lácteos. Y por supuesto,
no se abstiene de los carbohidratos, consumidos a piacere.
Más aun desde que Iñaki Urlezaga le trajo desde
Inglaterra una máquina para hacer pan.
“Los quince minutos de fama no cuentan, lo importante
es ser un clásico”, pronunció Luna alguna
vez. La artista, para quien ha pasado el cuarto de ahora,
trataba de adoctrinar a su aprendiz con el famoso concepto
de Andy Warhol en la cumbre emotiva de la escena.
—¿Nacha Guevara es un clásico
argentino?
—Ahora podría decir que lo soy, y eso
se siente muy bueno porque es el momento en la vida que uno
voltea y comienza a rever el trayecto recorrido. El artista
evoluciona en paralelo con su público, el único
con el poder de legitimar ese gran título, a través
del cariño y el respeto. Hace cuarenta años
me enfrento a mi gente, y recién ahora entiendo ese
lazo de complicidad tan difícil de lograr.
—¿Ser un clásico acomoda o pesa?
—Es un sitio de gran comodidad. Cuando el artista
toca el corazón del público, lo hace para siempre.
El arte ocurre en un tiempo y espacio diferentes al que se
conoce, en un espacio de la conciencia, donde lo que se une
jamás se desata. En mi caso fue increíble regresar
a mi país y encontrar el mismo amor que había
dejado, ese poder te lo da el arte. Ese es mi punto de contacto
con las pin ups, hoy se abre el libro y todo sigue intacto,
actual.
—¿Existe una filosofía Guevara?
—La que incita al tránsito constante
en busca del chispazo de verdad, belleza y perfección.
Dijo Nacha alguna vez: “Me gusta ser estrella cuando
se prende la luz porque es aquello que la gente cree que haré
bien, después prefiero el silencio y no exponerme demasiado”.
No habrá forma para saber cuántos corazones
ha tocado en su camino pero existe una certeza común
a quienes ya la han visto desplegar las alas del arte. Así
como las pin ups, Nacha Guevara tiene el don de ser un clásico,
y entre las páginas de su vida jamás faltará
la etérea belleza, aunque el tiempo no pare.
Por Sebastián Soldano | Fotos
MACHADO CICALA
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Durante el día, Nacha se viste de Luna para
grabar “El tiempo no para” (Canal 9). Por las noches, conmueve
en el escenario de “Un país de revista”. Fascinada por las
chicas de Alberto Vargas, creador de las “pin-ups”, jugó a
ser una de ellas.
Desde hace 25 años, el día de Nacha comienza
con 60 minutos de meditación, 35 de Pilates y largas caminatas.
Es vegetariana y en su dieta incluye una “mezcla para alimentar
las células”, a base de jugo de frutas, germen de trigo, proteínas
y leche en polvo.
“Soy adicta a la estética. Confieso que el
desequilibrio me perturba.”
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