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  Año XX | Nº 1299 | Edición del 28 de noviembre de 2006
La agitada visita de las hijas de George Bush a la Argentina
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De piel blanca, ojos claros, shorts y camisetas holgadas, dos jóvenes recorren con tranquilidad las pintorescas calles del barrio de Palermo Hollywood. A simple vista, se las puede confundir con dos turistas que decidieron visitar una de las ciudades más atractivas de América del Sur. Lejos de sus padres y de los episodios que suelen protagonizar en las páginas de la prensa de su país, Jenna (25) y Bárbara Bush (25) caminan de la mano del anonimato. En Buenos Aires, las mellizas pasean con libertad, salen por las noches y se comportan como dos desconocidas. Sin embargo, el domingo 19, tras un par de semanas en el país, una de ellas, Bárbara, se convierte en víctima de un asalto. En ese momento, las dos jóvenes turistas vuelven a ser las hijas del presidente de los Estados Unidos, George Bush (60). El show de las “First Daughters” —“primeras hijas”, en inglés, una parodia al término “Primera Dama”— ha comenzado.
Las mellizas ya estaban en la Argentina. Jenna llegó el 6 de noviembre en un vuelo de American Airlines, proveniente de Paraguay. Allí había trabajado en una fundación en apoyo a causas sociales y se había desempeñado como maestra para “adaptación de inmigrantes hispanos”. Después de terminar su tarea social, decidió visitar Buenos Aires junto a seis amigas y, entre ellas, invitó a su hermana, quien llegó a Ezeiza en un vuelo de Copa Airlines. Una semana antes de la llegada de Bárbara, Jenna recorrió los bellos paisajes del Sur argentino y uno de sus destinos fue El Calafate. Rodeada por un intenso operativo de seguridad integrado por agentes del servicio secreto de su país, la joven desfiló sin ser reconocida por las calles sureñas. Una semana después se encontró con Bárbara en Buenos Aires y juntas recorrieron la ciudad. Dicen, incluso, que en esos días Jenna se enamoró de un argentino.
A diferencia del acoso periodístico que viven en su país, donde protagonizaron escándalos en los que se las acusaba de comprar alcohol con documentación falsificada, la Argentina resultó el lugar ideal para sus travesuras. Sin embargo, su ansiado anonimato llegó a su fin cuando Bárbara fue víctima de un asalto en el barrio de San Telmo. La noticia recorrió el mundo. El domingo 19, en Plaza Dorrego, la melliza fue robada por un “carterista” que le sustrajo sus documentos, un teléfono celular y tarjetas de crédito. A partir de ese momento, las hijas de Bush se convirtieron en una de las noticias de la semana. Una de las primeras medidas fue abandonar el hotel boutique de la calle Bonpland donde estaban hospedadas, y mudarse al Hotel Home Buenos Aires, en Honduras al 5800. Acompañadas por su grupo de amigas, Bárbara y Jenna compartieron una cena el jueves 23 en “La Jangada”, en la esquina de Carranza y Honduras, donde, desafiando nuevamente su suerte, se sentaron en dos mesas ubicadas sobre la vereda.
A la vuelta del lugar, una camioneta del servicio secreto aguardaba atento ante cualquier imprevisto. Todo ocurría sin problemas hasta que un camión de bomberos quebró la tranquilidad de la noche. El hecho alertó a Bárbara, que se comunicó rápidamente con sus custodios, quienes comprobaron que sólo se trataba de un pequeño incendio a media cuadra del lugar. Luego del susto, las “First Daughters” y sus amigas probaron un menú especializado en pescados de río. El dueño del lugar, Ricardo Annichini, ex integrante de Los Pumas en los años ochenta, las atendió especialmente y les sugirió el menú: empanada de pescado y luego, de plato principal, un pajú despinado a la parrilla, una boga y un salmón rosado, que acompañaron con ensaladas de palmitos, ananá, hojas verdes y dados de pollo. Lo acompañaron con tres botellas de vino San Felicient Malbec, de las bodegas Catena Zapata.
Cercadas por un intenso operativo de seguridad, Bárbara y Jenna siguieron su intenso tour por Buenos Aires. En su visita fueron seducidas por el barrio de Palermo Soho, donde pasaron gran parte de su tiempo. Allí compraron una musculosa, una campera de cuero y botas de gamuza color rojo en el local de De la Ostia. Allí, Jenna Bush gastó 1280 pesos. Pagó 300 dólares en efectivo y 380 pesos según figura en el ticket de la tarjeta de crédito que lleva su firma. Acostumbradas a vestir diseños exclusivos, las mellizas se dejaron seducir por la calidad del cuero y las texturas argentinas. El sábado por la mañana recibieron el llamdo de su famoso padre. ¿Motivo? Felicitarlas por el cumpleaños número 25. Esa noche festejaron en el resto-bar “El Diamante”, en Malabia y El Salvador, donde también degustaron pescados de río y cantaron el “happy birthday” con su grupo de amigos. Allí llegaron rodeadas por cinco autos de su equipo de seguridad personal. Elegantes, dejaron el lugar cerca de la medianoche. Siempre escoltadas por sus custodios quienes evitaron que cualquier personas desconocida se les acercara.
Unos días antes visitaron el taller del reconocido orfebre Juan Carlos Pallarols. Vestidas de manera informal y en compañía de cinco mujeres y cinco hombres recorrieron el lugar y quedaron sorprendidas con la escultura de Evita, conocida en el mundo entero. Luego se dirigieron hacia la biblioteca donde se encuentran las colecciones de lapiceras realizadas por el orfebre, y por las que obtuvo el premio “Pen World International” en la exposición del “Artesano individual del mundo”, en Washington. “Esa mañana abrí mi taller especialmente para recibirlas a ellas. Antes me había llamado una persona para decirme que las hijas de un empresario petrolero de Houston querían ver mis obras. Se quedaron maravilladas con la belleza de Evita”, dijo Pallarols.
El domingo, desafiando una vez más su suerte debido al contexto violento que envuelve al fútbol argentino, las chicas Bush presenciaron el partido Boca-Colón, en la Bombonera. Desde la segunda fila del Palco Oficial —Macri estaba en Europa— Jenna y Bárbara vistieron la camiseta de Boca y quedaron maravilladas por la fiesta que se vivía en las tribunas. En el entretiempo probaron sandwiches de lomito caliente, tomaron agua mineral y hablaron abiertamente con quienes se les acercaron, siempre asistidas por una traductora. Llamativamente, en otro sector del mítico estadio, Diego Maradona (46), con una boina de Fidel Castro, inauguraba su propia estatua. Sus colaboradores prefirieron no transimitirle la noticia de que las hijas de Bush estaban en el estadio para no generarle ningún malestar. Diez minutos antes de terminar el partido, las mellizas dejaron la cancha. Luego de vivir una de las máximas fiestas del fútbol, Bárbara Bush preparó sus valijas y regresó a su país a las 21:40 en el vuelo 956 de American Airlines. Mientras tanto, su hermana Jenna decidió quedarse en el país. Parece que el amor golpeó su corazón y ella quiere intentarlo. En la Casa Blanca, dicen, su padre aún la deberá esperar.

Por Rebeca Peiró y Diego Esteves


Domingo 26, La Bombonera: vistiendo la camiseta de Boca, Bárbara y Jenna vibraron con la hinchada desde la segunda fila del Palco Oficial. Las mellizas Bush vivieron una apasionante tarde de fútbol.


Al salir del lugar, las mellizas fueron rodeadas por su custodia personal y, para evitar a los fotógrafos, se arrojaron dentro del vehículo que las esperaba. En su interior, la seguridad planificaba el próximo destino.


Bárbara Bush fue una de las más admiradas del palco por su belleza. Con sus ojos azules siguió atentamente cada momento del partido y gritó los goles de Boca.


Publicación semanal de Editorial Perfil S.A
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