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  Año XX | Nº 1374 | Edición del 6 de mayo de 2008
"Si quisiera, podría ser Victoria Beckham"
Débora, la mujer del sobrino del Principe D'arenberg
 

La vida puso a prueba su sensibilidad y la obligó a mostrar las garras para transformar la peor desgracia en una luz de amor. El miércoles 6 de febrero a las 9:35, a Débora de Sola (38) se le desmoronó su hermoso mundo cuando una llamada interrumpió el desayuno. Su marido, Guntram de Habsburg-Lothringen (40), hijo de la princesa Laetitia D’Arenberg, sobrino y ahijado del príncipe Rodrigo D’Arenberg -fallecido el 27 de diciembre de 2007-, había salido hacia Punta del Este desde su chacra de José Ignacio llamada “Casa Gaia”, con su moto Ducati Bax 576 de 1.000 cilindradas para asistir a un curso de piloto de helicóptero. Cuando Débora atendió, del otro lado de la línea la voz del instructor de vuelo se sentía intrigada, ya que Guntram aún no había llegado a la clase. La mujer cortó e inmediatamente volvió a recibir una nueva llamada, esta vez de Diego Silva, un íntimo amigo de su marido. “’Debi’, tengo una mala noticia”, le dijo, y Débora, una estudiante de finanzas, literatura y teatro, que completó su carrera universitaria en Nueva York, se enamoró de su compañero del colegio Británico de Montevideo y años después terminó casándose y viviendo con él en Suiza, que viajó por todo el mundo con su gran amor y tuvo dos hijos hermosos, los condes Ana Faustina (6) y Tizziano (3), esa mujer sintió en un segundo que su vida ya no sería la misma a partir de esa comunicación telefónica. Así fue como Débora se enteró de la noticia que conmocionó a Punta del Este y la Argentina. Su marido Guntram, archiduque de Austria, apasionado por el campo, los caballos árabes y el surf, se había estrellado contra el Peugeot 106 de un lugareño de 61 años (que salió ileso), y circulaba en su misma dirección, hacia Maldonado, por la denominada “Ruta de la Muerte”, la número 10, en su kilómetro 168. En el trágico camino donde el mismo verano, también un miércoles y en una colisión entre una moto y un automóvil, el RR.PP. “Gaby” Alvarez y su asistente, “Blas” Coelho, protagonizaron un choque en el que falleció una pareja de argentinos. En ese mismo lugar, Guntram sufrió politraumatismo severo, y fue internado en grave estado en el sanatorio Cantegril de Punta del Este.
Hoy, a casi tres meses de aquella tragedia, por primera vez y en exclusiva, Débora eligió a CARAS para revivir esos detalles dolorosos, para contar cómo sigue Guntram y para aclarar varias cosas. “Se habló mucho, hasta se dijo que mi marido cuando chocó estaba alcoholizado, a las nueve de la mañana, una locura... Si Guntram es lo más sano que hay. .. Decían que iba a más de 200 kilómetros por hora, y la moto no alcanza esa velocidad. Igual iba rápido, porque voló 40 metros desde el lugar del impacto. Iría a 120 más o menos. El señor del auto dijo que él iba a 60. Yo soy positiva y me enfoco en que no le pasó nada a nadie más, no estaban los chicos involucrados, ni yo viajaba en la moto. Daría cualquier cosa por estar en el lugar de Guntram, porque lo quiero tanto, pero para los chicos dos padres accidentados hubiese sido un horror. Ahora Guntram está bárbaro de la cabeza, hasta me ayuda a tomar decisiones. Yo tengo un marido al lado. Los médicos lo atendieron muy bien, y dicen que en un año o dos estará completamente recuperado”, afirma “Debi” que pide por favor que si en alguna parte de la entrevista no puede seguir, se interrumpa por unos instantes la charla. El pacto se respeta, y el recuerdo de los momentos más difíciles de la tragedia empieza a surgir. “Le pedí a ‘Tincha’ (Adriana Bigot), mi mejor amiga, que me llevara al Cantegril. Me puse lo primero que encontré, y corrimos al auto. Fuimos temblando y muy nerviosas las dos. Llamé a Laetitia –madre de Guntram- enseguida, porque no sabía si se había enterado. Su chofer me dijo que estaban al tanto y que iban en camino. ‘Tincha’ me iba diciendo: ‘Va a estar bien’, ‘Va a estar bien’... Me iba calmando. Cuando llegamos al lugar del accidente, por el cual teníamos que pasar de manera obligada, no imaginábamos que iba a estar todavía todo ahí. Vi cómo quedó la moto, y empezamos las dos a gritar como locas. Pensábamos que si así había quedado, ¡cómo estaría él!”, recuerda Débora, que con los ojos llenos de lágrimas, toma coraje y continúa el relato: “Cuando llegamos al sanatorio, me bajé corriendo, no tenía ni zapatos puestos. Me dijeron que Guntram hacía cinco minutos había ingresado, no lo pude ver. Estaban tratando de resucitarlo. Nos tiramos con ‘Tincha’ y mi suegra Laetitia en el piso a llorar desconsoladamente. Fue algo horrible”, dice mientras estalla en un llanto y pide que se interrumpa el reportaje unos minutos. Débora toma un par de tragos de agua y solicita continuar. “Los médicos me decían que estaba grave y trataban de estabilizarlo. Tenía la pelvis rota y sangraba muchísimo. No podían ni llevarlo a hacerle una tomografía, porque estaba al borde de la muerte. Cuando miré el reloj eran las once de la noche, el día se me pasó volando, todo se me volvió como una nebulosa. Los médicos me llamaron y me dijeron que Guntram necesitaba ser operado, porque tenía una ruptura de aorta. La única forma de resolverlo era con una endoprótesis, que no había en Uruguay, y tampoco había un médico que lo pudiera hacer. Sólo se podía conseguir todo en la Argentina. Me dijeron que lo antes que lo podían hacer era el viernes, y yo le pregunté cuánto tiempo tenía mi marido. Ellos me dijeron: ‘Eso en cualquier momento puede colapsar’. Nadie me daba una garantía que sobreviviera ni un día. Empecé a moverme con mis amigos, haciendo llamadas, sin perderme en la angustia, enfocada en lo que hacía. Ahí me acordé que un amigo me había ofrecido un avión para lo que necesite. Después, una amiga de ‘Tincha’ fue a buscar la endoprótesis y al médico en Buenos Aires, los llevó al aeropuerto de San Fernando, los subió al avión y los trajo a Punta. Así pudieron operar a Guntram el mismo día del accidente, desde las 23 hasta las 2 de la mañana del otro día. Y le salvaron la vida”, explica Débora, otra vez con lágrimas en los ojos.
El amado ahijado del célebre príncipe Rodrigo D’Arenberg, ese día también había sido operado de la pelvis. Tres días después, nuevamente volvió a entrar al quirófano para que le reconstruyan las piernas con piezas de titanio. También se le hizo un by pass en la pierna derecha, la más dañada. Guntram estaba entubado, con respirador, con una infección pulmonar y en un estado de coma inducido. El cuadro era dramático, pero Débora seguía adelante sin darse por vencida. “Cuando me dejaban ir a verlo, aunque estaba en coma, yo le ponía una grabación de los chicos, que le decían: ‘¡Hola papi, te queremos!’. Yo les había contado que su papá había tenido un accidente de moto, que estaba bien y que los doctores lo estaban curando. Ellos se quedaron al principio con Soledad, la hermana de Guntram, y ella los contuvo mucho, los protegió, evitó que no escucharan noticias del accidente en la televisión”, dice Débora, una mujer que se permite descomprimir el clima de la entrevista refiriéndose al pasado, al mejor pasado, ese que no la pone triste, sino orgullosa. “A Guntram lo conocí a los 14 años. Yo era amiga de su hermana, Soledad, y ella me invitaba a su casa. Me encantaba la colección de pájaros y de cacatúas que tenía su mamá, la princesa Laetitia. Ahí lo conocí. Después me lo encontré en el colegio al que íbamos en Montevideo, el Británico, a los 17 años. Me empezó a gustar y comenzamos a salir. Al poco tiempo, a él lo mandaron a estudiar a Oxford, Inglaterra, y a mí a Estados Unidos. O sea que, en realidad, después nos tuvimos que separar por cinco años, pero nos veíamos en verano, en Punta del Este. Nos mirábamos, nos gustábamos, pero nada más. Eramos muy jóvenes. El último año de la universidad, yo estuve en París, y Guntram estudiaba y trabajaba en Suiza. Me acuerdo que nos encontramos y en ese momento formalizamos la relación. Cuando terminé mis estudios, a los 21 años, me fui a vivir a Suiza para estar más cerca suyo. Después nos casamos, pero esperamos un tiempo para tener a los chicos, porque nos gustaba mucho viajar y vivir aventuras”, detalla Débora, quien hace un gesto al periodista de CARAS asegurando que se siente fuerte para seguir hablando de los momentos duros que le tocaron vivir. “Cuando Guntram se despertó del coma, no entendía nada, estaba confundido, me hacía un movimiento con la mano preguntando qué había pasado. Yo le dije: ‘Estás bien, hubo un accidente, no le pasó nada a nadie, no lastimaste a nadie más, fue un choque con un auto, yo no entiendo cómo fue, pero estás bien’. Le conté que la cabeza la tenía perfecta. Cuando le hicieron la tomografía me dijeron que la tiene sanísima. Tenía un casco muy bueno que se había comprado en Francia, que para mí fue lo que le salvó la vida. Le dije que había tenido un problema en la aorta, pero que ya estaba arreglado. Que de los demás órganos estaba bien. Y le aclaré que el desastre lo tenía en las piernas. Después todo fue amor, por la felicidad de que estuviera vivo. Cuando pudo empezar a hablar me dijo que ni siquiera recordaba haber agarrado la moto esa mañana. Yo me asusté y le pregunté, haciéndole una broma: ‘¿Te acordás quién soy yo?’. Los médicos me explicaron que, cuando hay un trauma así, es muy común que el paciente, inconscientemente, se olvide de todo lo que tiene que ver con el accidente, como protección”, dice la mujer del archiduque, que además de las motos, disfruta de los autos lujosos y se dedica a administrar junto a su madre Laetitia, 15 mil hectáreas de campo en el departamento uruguayo de Florida, un establecimiento ganadero llamado “Lapataia”.
Pero la historia de la recuperación de Guntram no terminó cuando despertó del estado de coma. Hace poco tuvieron que amputarle la pierna derecha, de la rodilla para abajo. Su mujer, Débora, superó también ese triste momento, que ocurrió en marzo, a los quince días de estar instalado en la clínica Fleni de Belgrano. “Cuando lo dieron vuelta a Guntram para otra operación, los médicos se dieron cuenta de que una parte de su pie derecho en esa posición se ponía azul. Los especialistas supieron que había algo que no estaba bien. Se hizo todo lo posible para salvarle la pierna, pero era muy peligroso, porque los músculos tenían necrosis. Yo le pedí al cirujano que me sacaran venas a mí, con tal de salvarle la pierna, pero no aceptaron. Le dieron un montón de medicamentos para aumentar el flujo de sangre en el pie, para tratar de mantenerlo irrigado y vivo. Yo pasé toda la noche cuidándolo. Al otro día, me fui a buscar colegio para los chicos, porque quería que ellos, encima de todo lo que estaban viviendo, por lo menos empiecen la escuela al mismo tiempo que el resto de sus compañeros. Me llamaron los médicos y me dijeron que tenían que hablar conmigo. Me asusté muchísimo, imaginé otra vez lo peor, fui con una angustia terrible. Cuando llegamos, me dijeron que no creían que la pierna aguante. Yo suspiré y dije: ‘¿La pierna? ¿Qué importa la pierna?’, porque la prioridad para mí era otra, yo quería que él siguiera vivo. A Guntram yo le dije: ‘Mi amor, a lo mejor pueden sacarte venas del otro pie...’. y él me dijo que no quería que le toquen su pie sano. Como mi marido sabe de carreras de autos y de motos, y está al tanto de gente que ha tenido accidentes, me dijo: ‘Yo sé que hay prótesis excelentes hoy en día, prefiero que me la amputen’. Y él mismo tomó la decisión de que le cortaran la pierna”, explica Débora, temblando.
Pero, ¿qué fue realmente lo que provocó el accidente de Guntram? ¿Estaba angustiado por la muerte de su tío y padrino, Rodrigo D´Arenberg? Débora afirma que no tuvo que ver una cosa con la otra y que nadie puede saber por qué Guntram chocó a aquel automóvil. “Mi marido está muy triste, no entiende cómo sucedió el accidente. Yo muchas veces iba con él en la moto, sé muy bien cómo maneja. Hace 20 años que Guntram anda en moto y nunca le pasó nada. Por ejemplo, yo siempre ando a caballo, en potrancos bastantes nerviosos, árabes, casi todos los días, por la laguna de José Ignacio. Los monto a pelo, sin frenos, y pienso que yo me podría haber caído y golpeado también... Y por algo las cosas ocurren o no. Hace 10 días a Guntram le hicieron la última operación, en la columna. Cada vez que entra a un quirófano yo rezo mucho y siento la contención de mis amigos. Mi marido tiene muchas ganas de comenzar la rehabilitación porque desea hacer algo por él mismo para estar mejor, sin depender tanto y no estar tirado en una cama. Ahora lo trasladan de la Fleni de Belgrano a la de Escobar”, afirma Débora, que no ve la hora de que su gran amor se ponga bien. Entonces, tal vez retome su carrera como actriz. “Cuando vivíamos en Nueva York, antes de mudarnos a José Ignacio, empecé a hacer algunas películas. Cuando llegué a Punta del Este, tuve la suerte de conocer al director de cine Juan José Campanella, que me invitó a un casting, porque había visto algunos trabajos que hice en Estados Unidos. Fue así como después actué en ‘Luna de Avellaneda’, en la escena que transcurre en los años 50, hago de mamá del personaje de Ricardo Darín, antes que naciera. Interpreto a una mujer embarazada. Después hice trabajos en ‘Hombres de Honor’. A mí me encanta actuar. Ahora estoy feliz porque me acaban de ofrecer un pequeño papel en 'Tetro', la película que está filmando Francis Ford Cóppola en Buenos Aires”, confiesa la mujer de Guntram, sin renunciar a ningún sueño...
—Débora, ¿en algún momento imaginó el peor desenlace?
—Sí, que me podía quedar viuda, y me daba cuenta de que para mí es imposible tener una vida sin Guntram. Yo lo que está pasando ahora lo puedo aguantar, porque él está ahí, porque él me quiere y me dice que soy lo más lindo que le pasó en la vida. Eso me da fuerza para seguir adelante, para seguir luchando. Pero si él no viviera, aunque mis hijos son lo que más amo en la vida, no podría seguir adelante. Somos una pareja muy unida, pasamos mucho tiempo juntos, por eso es algo inconcebible imaginarme sin él.
—¿De dónde saca fuerzas para contener también a sus hijos?
—Yo me cuido mucho, algunos días no estoy tan fuerte y trato de que los niños no me vean mal. Y los cuido también cuando lo ven a Guntram. Yo voy antes para ver si está de buen ánimo o no, y si está mal no llevo a los chicos. Creo que es importante que ellos vean que el padre está bien, que está mejorando. Yo duermo con ellos para que me sientan cerca, porque de día estoy corriendo como una loca con todos los trámites que hay que hacer. Ellos demandan mucho, pero trato de estar, y los veo bien, contenidos. Y a Guntram, ver a los chicos bien, también lo llena de fuerza.
—¿Qué siente cuando está a solas con Guntram después de todo lo que pasó?
—Los fines de semana me quedo a dormir con él, en la clínica, en un sofá. Miramos películas, charlamos, tomamos el desayuno juntos. Lo único que hago a cada momento cuando estoy con él es darle besos y decirle que lo amo con todo mi corazón.


Débora de Sola concedió una entrevista exclusiva para CARAS, a tres meses del accidente que casi le cuesta la vida a su marido, Guntram, cuando se estrelló con su moto contra un auto.


Débora abraza a Napoleón, el perro de “Tincha”, su mejor amiga. La mascota es hija del Yorkshire que le regaló en París su suegra, Laetitia. “Debi” conoció a Guntram a los 14 años y, tiempo después, se reencontraron y se comprometieron en Suiza.


“Cuando Guntram salió del coma, no recordaba ni siquiera haber agarrado la moto esa mañana. Todavía no se explica qué pasó.”

Por Fabián Cataldo | Fotos P. Puente/Perfil  
 


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